Caminantes, en grupos, en el tramo del Camino de San Frutos que va desde el pueblo de Consuegra de Murera hasta Villar de Sobrepeña, por una carretera semiabandonda. / Kamarero

 Todavía dormía Orejanilla cuando se presentó, en su desierta Calle Real, Peña Casla, preguntando por el lugar donde debía salir la tercera etapa de la peregrinación hasta San Frutos.

Con el cielo entoldado, chispeando, y una densa neblina escondiendo la silueta de los montes, los caminantes echaron a andar. Eran las 09,30 horas, justas. De inicio, un ascenso, por una pista de concentración parcelaria. Sin percibirlo, los peregrinos salieron del parque natural “Sierra Norte de Guadarrama”. De lo que sí se dieron cuenta fue de que la biodiversidad decrecía.

Delante, La Matilla, que se desperezaba. Una leve bajadita. Antes de llegar al pueblo merecía la pena fijarse en el “pliegue de La Matilla”, un punto de interés geológico perfectamente visible, en el talud de la carretera que circunvala el pueblo. En el Ayuntamiento, su alcaldesa, María del Carmen Rojo, se esmeraba en poner sellos en los carnés de los peregrinos.
La entrada a Valdesaz, por una chopera, proporcionó una de las más bellas imágenes del día. Dejando a la derecha un palomar abandonado, los peregrinos subieron por la calle El Egido, pasaron junto a un potro de herrar y sellaron en el Consultorio de Atención Primaria.

Por carretera, un poco más adelante, el Castillo de Castilnovo, rodeado de un encinar. ‘Momento foto’ para la mayoría de los andariegos, que no querían regresar a casa sin una imagen del monumento. Un trecho más adelante tocaba girar a la derecha para, después de cien metros por carretera, cruzar el famoso ‘puente Murera’. Y de ahí, a Consuegra de Murera, pueblo situado en la falda de una ladera que se ve desde lejos, muy lejos. María del Carmen Moreno, de la casa rural “Las Siete Llaves” fue recibiendo a los peregrinos, uno a uno, y poniendo el sello en su carné. A su lado, el representante de la Alcaldía de Sepúlveda, Teodoro Tanarro, contento por ver pasar a gente. “Cada vez somos menos, aquí quedamos cuatro labradores, así que estas cosas [el Camino de San Frutos] algo favorecerán”, indicaba.

Desde allí, el Camino de San Frutos discurre por una carretera semiabandonada, por parajes muy solitarios, con cultivos, algún que otro enebro, y parameras. En Villar de Sobrepeña, la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, con impronta románica, recibió a los peregrinos. Justo enfrente, restos de la tradicional chinela, en la que las gentes de Villar de Sobrepeña queman sus ropas y muebles viejos la noche del último día de la novena a su patrona.
Un último esfuerzo y, ¡ya!, el local de la asociación “El Progreso”, anfitriona de los peregrinos. Víctor Barrio, representante de la Alcaldía, dio la bienvenida a todos, y agradeció a EL ADELANTADO la idea de crear el Camino de San Frutos. De comida, macarrones o judiones, elaborados por Julián del Barrio. Y de vuelta a Segovia, para afrontar la última etapa, hasta la ermita del patrón de Segovia.

Este ese un extracto del reportaje completo, que podrás leer en la edición en papel de El Adelantado.

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